Estar, sin tener que hacerse notar.
Pegada al lóbulo, esta obra acompaña el día entero sin pedir nada: ni cuidado, ni atención, ni ocasión.
Hay días en que uno se quita lo que lleva puesto: el trabajo, la prisa, un niño en brazos, la almohada. Y el signo se queda en la mesa de noche esperando un día mejor. Esta obra nació de esa costumbre tan pequeña que casi no se nota — la de guardar lo que importa para cuando haya ocasión.
No cuelga. Va donde el lóbulo la sostiene entera, sin balanceo y sin ruido, y por eso puede quedarse puesta mientras se hace todo lo demás. Es la única forma en que el signo deja de ser algo que uno se pone y pasa a ser algo que uno lleva.
Ninguno. Es la única obra de la casa que no elige color, porque no hay cordón al que dárselo. Lo que se ve es el oro y la piel, y nada más entre los dos.
Tampoco lleva. No hay nudo que la sostenga ni hilo que la recorra: es la obra más desnuda del Atelier, y lo es a propósito. Todo lo que en las demás sujeta al signo, aquí se ha quitado para que no quede nada entre la flor y quien la lleva.
¿Qué has guardado para una ocasión que no ha llegado?