Santa Hildegarda

La Alegría

Recogerse no es apagarse.

La Alegría

La primera pieza luminosa de la casa: color encendido y una flor que brilla, para los días en que la fe se parece más a la alegría que al silencio.

Al poner las once obras juntas quedó a la vista: azul marino, rojo burdeos, negro, verde oliva. Todo el color de lo serio. Sin quererlo, la casa había dado por hecho que recogerse y apagarse son la misma cosa. Esta obra nació de esa sospecha — y de que Hildegarda, que compuso música y llamó verdor a lo vivo, no la habría compartido.

Va en la muñeca, que es donde uno se mira sin darse cuenta: al escribir, al conducir, al esperar. No hace falta buscarla ni acordarse de ella; aparece sola en mitad del día, que es cuando hace falta.

Un fucsia que no pide permiso. Es el único color de la casa que se ve antes que la pieza, y esa es su función: llegar primero y no pedir disculpas por hacerlo.

El espiral no avanza recto: da vueltas sobre sí mismo y aun así llega. Es el tejido que mejor sostiene un color encendido, porque su relieve rompe la luz en cada vuelta y el brillo nunca queda quieto.

¿Cuándo fue la última vez que algo te alegró sin motivo?