La tradición ha contemplado a Nuestra Señora de Guadalupe como una presencia que acompaña sin imponerse, cercana a quienes viven con sencillez y esperanza.
La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe nace de las apariciones a san Juan Diego en el cerro del Tepeyac (1531). Desde entonces la tradición cristiana la ha contemplado como un signo de cercanía de María hacia quienes viven con sencillez y esperanza. Su manto estrellado, la luna bajo sus pies y el sol que la envuelve remiten al lenguaje del Apocalipsis, mientras que su gesto sereno y sus manos unidas recuerdan que toda su misión consiste en conducir hacia Cristo y no hacia sí misma. Durante siglos ha sido invocada como Madre y Patrona de los pueblos de América.
Guadalupe no se señala a sí misma: su gesto entero apunta hacia otro lado. Por eso el Atelier la lleva cuando lo que hace falta no es que alguien resuelva, sino que alguien esté — y no ocupe el centro.