Hildegarda no mira la cruz como un emblema de pertenencia, sino como el lugar donde nace un pueblo: en el Scivias ve que, al brotar la sangre del costado de Cristo alzado en la cruz, la Iglesia sale del secreto divino y aparece (Scivias II, 6). Lo que allí empieza no es un signo que distinga a los suyos: es aquello de lo que los suyos vienen. El Atelier añade su propia lectura, y la dice como suya: la cruz es la única de estas figuras que tiene arriba y abajo. No propone equilibrio ni simetría — propone una dirección, y a ella pueden volverse cosas que no se parecen en nada.
La cruz latina —crux immissa— es la de brazo vertical más largo que el horizontal, que lo atraviesa por encima del centro. Es la forma del patíbulo romano y la más extendida en el cristianismo de Occidente. Durante los tres primeros siglos no se representó: era el instrumento del suplicio, y representarlo habría sido representar una infamia. Solo después de que Constantino aboliera la crucifixión pasó de instrumento a signo, y la Iglesia empezó a dibujarla. A diferencia de la cruz griega, de brazos iguales, la latina no es una figura de equilibrio: tiene cabeza y pie, arriba y abajo. Se lee en una dirección.
La cruz no reúne a nadie por parecerse. Permanece en silencio, recordando que un pueblo no nace de la semejanza, sino de volverse hacia aquello que a todos sostiene.