La opalina no aparece descrita expresamente en los escritos conservados de Santa Hildegarda; el Atelier la incorpora en su mismo espíritu de contemplación. Y no es una piedra hallada: es un vidrio hecho, al que se le da esa opacidad lechosa para que la luz no lo atraviese de largo, sino que se quede dentro y vuelva cambiada. Por eso no tiene un color propio: tiene el que le llegue.
Un vidrio al que se le enseñó a retener la luz.
La opalina no promete que la luz vuelva. Acompaña a quien ya nota que volvió y todavía no se fía.
A quien está saliendo de algo difícil, se está dando permiso para descansar, o busca calma sin pedir que nada más cambie.