Todo lo que sostiene empieza en la raíz.
Para caminar sin olvidar de dónde nace lo vivo.
Casi todo lo que sostiene una vida queda detrás y deja de mirarse: de dónde se viene, quién enseñó, lo que ya se da por sabido. Esta obra nació de ahí — de lo poco que se agradece aquello que no se ve.
Todas las demás piezas de la casa se llevan donde se ven. Esta nació de la pregunta contraria: qué pasa si el signo se lleva donde casi nunca se mira. En el tobillo deja de ser emblema —ya no anuncia nada— y se vuelve raíz: está donde el cuerpo toca la tierra, sosteniendo lo demás sin pedir atención.
Sobre piel al sol y sobre hierba, el beige se retira de la escena: a un metro ya no se distingue del tobillo que lo rodea. Es el único de los cuatro que no añade un color propio —repite el de la piel—, y por eso todo el peso queda del lado del oro.
En el tobillo casi no hay nada que mirar, y aun así el cordón no es liso: el tejido serpiente lo llena de curvas. Como el blanco no aporta color, de cerca lo único que se ve es relieve — la obra guarda su detalle para quien se agacha.
¿De dónde viene lo que hoy te sostiene?